Archibald R. M. Ritter
Profesor. Universidad de Carlton, Ottawa
A la altura de mediados de 2010, los obstáculos a la normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba parecían casi insuperables. Aunque en los primeros meses de la presidencia de Barack Obama hubo optimismo respecto a que se estuviera echando a andar un proceso de acercamiento, este pareció estancarse después de las primeras medidas de la nueva administración: la liberalización de las remesas y los viajes para los cubanoamericanos. El hecho de no conseguir avanzar resulta desafortunado por muchas razones. El costo económico de proseguir el estancamiento es inmenso.
Las ventajas económicas directas de normalizar las relaciones se producirían a través de cierto número de canales, que incluyen el movimiento de personas, el comercio de bienes y servicios, la inversión extranjera directa, los flujos financieros y la transferencia tecnológica. Estos tendrían una variedad de impactos sobre la eficiencia económica, los estándares de vida, los niveles de ingresos y su distribución. Tales impactos se esbozarán recurriendo a dos escenarios. En el primero, se da por sentado que la normalización se produce sin que haya otros cambios de política económica interna en Cuba. En el segundo, se parte de la idea de que la Isla adopta cierto número de reformas económicas cuyo resultado es un grado razonable de liberalización económica. Sigue leyendo
















